El valle inquietante y la humanización
Hoy hablamos de robots, de inteligencia artificial, de asistentes virtuales y de procesos automatizados con una naturalidad que hace diez años no teníamos, incluso para tareas como escribir. Esto no lo está escribiendo una máquina, te lo aseguro. Pero fíjate en que ya puedes dudarlo, y en el pequeño escalofrío que da esa duda. Ese escalofrío tiene nombre en psicología desde 1970.
Qué es el valle inquietante
El uncanny valley, que en español llamamos valle inquietante y a veces valle inexplicable, lo describió por primera vez en 1970 el profesor de robótica Masahiro Mori, y desde entonces la psicología lleva décadas tratando de explicarlo (Mori, MacDorman y Kageki, 2012). Es, en esencia, la respuesta emocional que tenemos las personas hacia un objeto, animado o inanimado, que imita nuestros rasgos y nuestro comportamiento.
Lo interesante está en la forma de esa respuesta. Un robot con cara de robot nos cae bien. Uno un poco más parecido a nosotros nos cae mejor todavía. Y pasado cierto punto de semejanza la simpatía se desploma. Cuantos más rasgos humanos les adjudicamos a los robots, a las imágenes generadas por ordenador o a la IA, sea en su comportamiento o en su disposición emotiva, más crece el rechazo. Mori lo dibujó como un valle porque la curva cae en picado justo antes de la cima.
Durante años fue una intuición sin datos detrás. En 2016 Maya Mathur y David Reichling la pusieron a prueba con ochenta rostros de robots reales. La caída apareció en cuánto gustaban esas caras, y también en cuánto confiaba la gente en ellas cuando había dinero de verdad en juego (Mathur y Reichling, 2016). El valle existe y se puede medir.
El sentido de supervivencia
Varias explicaciones, más antropológicas y desde la neuropsicología, retoman la teoría del cerebro triuno que propuso el neurocientífico Paul MacLean, la que divide la mente en tres capas evolutivas, la reptiliana, la límbica y la neocorteza, que trabajarían juntas para gobernar la supervivencia, la emoción y la razón. Conviene aclarar que la neurociencia actual ya no sostiene ese modelo como relato de la evolución del cerebro, aunque sigue siendo una metáfora cómoda para hablar de instinto y razón, y es la misma que aparece cuando explicamos qué nos motiva a comprar lo que consumimos.
Con ese lenguaje, lo que procesa tu cerebro al ver un aparato mecánico dotado de tantas características humanas sería primero asombro, después rechazo y por último miedo. Algo que no está vivo se mueve y habla como si lo estuviera, y eso activa directamente lo más instintivo que tienes, las señales de posible peligro. Las diferencias se acentúan justamente en aquello que más se aproxima a lo humano, dicen algunas hipótesis.
Otras lo explican desde la disonancia cognitiva. Las emociones negativas, y sobre todo el rechazo, surgirían de la diferencia entre lo que algo parece o pretende ser y lo que auténticamente es, y el punto de conflicto sería la falta de humanidad. La revisión más completa que existe hasta hoy repasa todas esas hipótesis y no le da la razón entera a ninguna, aunque las que apuntan a un conflicto de categorías, ese no saber si lo que tienes delante es persona o cosa, son las que mejor resisten la evidencia (Wang, Lilienfeld y Rochat, 2015).
La deshumanización del hombre
En este punto parece interesante darle la vuelta a la pregunta. Qué nos hace tan humanos a los humanos, y por qué esa carrera creciente por dotar a las máquinas de lo nuestro. Hiroshi Ishiguro y Shuichi Nishio, dos de los grandes nombres de la robótica y el desarrollo de androides, lo dicen sin rodeos, quieren construir androides que puedan participar en conversaciones similares a las humanas (Ishiguro y Nishio, 2007).
Y del otro lado va la carrera contraria, optimizar todo lo relacionado con el hombre como especie, la agilidad productiva, los procesos, y en algunos contextos tratar la emotividad como una debilidad. Pareciera que cuanto más robotizados y maquinizados seamos, mejor.
Para esto no existe una única respuesta, claramente. Aun así es una pregunta tan antigua que ya se la hacían los griegos. Platón ordenó las virtudes cardinales, la justicia, la templanza, la fortaleza y la prudencia, y Aristóteles definió la virtud como aquella disposición moral para hacer lo correcto. Un ser humano virtuoso es el que está dotado de esas características. Por principio de transitividad, una máquina que las cumpliera se acercaría al humano virtuoso de la filosofía clásica mucho más que tal vez muchos seres humanos.
Llegado aquí, como psicólogo, la cuestión que más me inquieta es otra. Por qué los humanos queremos ser tanto como las máquinas, y por qué queremos crear máquinas tan humanas. Esa contradicción, en definitiva, es bastante humana.
¿Qué nos hace humanos?
Que las máquinas cada vez más humanizadas hagan parte de nuestra cotidianidad ya es una realidad, no ciencia ficción, y es probable que con el tiempo nos habituemos a este tipo de interacción. Lo que vale la pena revisar y no perder de vista es cuándo todo se vuelva tan artificial, frío y metálico.
No olvidemos la calidez, la empatía, la compasión de una vida con propósito llena de recuerdos y vivencias. La empatía, dicho sea de paso, no es un adorno en psicología. Hay enfoques enteros construidos sobre ella, como la terapia centrada en la persona, donde entender al otro desde dentro es la herramienta y no el envoltorio.
El valle inquietante nos evidencia que la semejanza física o conductual no basta para percibir algo como verdaderamente humano. Y la humanización creciente de las máquinas plantea una paradoja, porque mientras buscamos crear tecnologías cada vez más humanas tendemos a valorar en nosotros la eficiencia, la productividad y la racionalidad propias de las máquinas, dejando tal vez de lado la esencia humana.
Lo humano no debería reducirse a la apariencia, a la inteligencia ni a la capacidad de ejecutar tareas. La empatía, la compasión, los recuerdos, las vivencias, el propósito y la capacidad de construir significado son dimensiones de la existencia que ninguna curva mide. Eso, genuinamente creo, es lo que nos hace cardinalmente más humanos. Y si leerlo te movió algo que quieres hablar con alguien, en el directorio de Psyred puedes encontrar un psicólogo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el valle inquietante?
Es el rechazo que sentimos ante algo que se parece mucho a un ser humano sin llegar a serlo. Masahiro Mori lo describió en 1970 y lo llamó valle porque la simpatía sube conforme algo se humaniza, cae en picado cuando el parecido es casi perfecto y solo vuelve a subir cuando ya no se distingue de una persona.
¿Por qué nos dan miedo los robots muy realistas?
No hay una sola explicación. Unas hipótesis apuntan a una alarma instintiva, algo que no está vivo moviéndose como si lo estuviera. Otras lo atribuyen a la disonancia entre lo que algo aparenta ser y lo que es. Wang, Lilienfeld y Rochat revisaron todas esas hipótesis y vieron que las mejor sostenidas son las que hablan de un conflicto de categorías, la incomodidad de no poder clasificar lo que tienes delante.
¿El valle inquietante está demostrado científicamente?
Sí, aunque tardó décadas en comprobarse. Mori lo planteó en 1970 desde su intuición como ingeniero, sin datos detrás. Mathur y Reichling la dibujaron con medidas en 2016, a partir de caras de robots que existen de verdad.
Referencias
- Ishiguro, H., & Nishio, S. (2007). Building artificial humans to understand humans. Journal of Artificial Organs, 10(3), 133-142. doi.org/10.1007/s10047-007-0381-4
- Mathur, M. B., & Reichling, D. B. (2016). Navigating a social world with robot partners, a quantitative cartography of the Uncanny Valley. Cognition, 146, 22-32. doi.org/10.1016/j.cognition.2015.09.008
- Mori, M., MacDorman, K. F., & Kageki, N. (2012). The uncanny valley. IEEE Robotics & Automation Magazine, 19(2), 98-100. Traducción del original japonés de 1970. doi.org/10.1109/MRA.2012.2192811
- Wang, S., Lilienfeld, S. O., & Rochat, P. (2015). The Uncanny Valley, existence and explanations. Review of General Psychology, 19(4), 393-407. doi.org/10.1037/gpr0000056
Psicólogo con experiencia en contextos clínicos, educativos y sociales, en la aplicación de primeros auxilios psicológicos y en consultoría a migrantes en el extranjero. Acompaña procesos de ansiedad, depresión y crisis con herramientas conductuales y sistémicas.